La amistad, el respeto y el servicio es la historia de Mojos y los jesuitas
01/10/2026La historia de San Ignacio de Mojos se asienta en una profunda amistad que se ha tejido a través de los siglos entre sus habitantes amazónicos y la Compañía de Jesús.

“Mojos no es cualquier historia, Mojos es la historia de una amistad”, ha prologado el P. Fabio Garbari, SJ, actual párroco de Mojos, en el libro “El gran Mojos: la historia de la amistad en la Amazonía boliviana”.
Amistad profunda que se ha mantenido en el tiempo a pesar de la expulsión de los jesuitas, cuyo retorno ha sido una bendición, afirma el provincial de la Compañía de Jesús el P. Bernardo Mercado S.J., con la convicción de su vivencia en la región durante 13 años.
“La amistad en Mojos es historia, es espiritualidad ignaciana, es el encuentro de dos distintos, pero con un mismo objetivo que ha sido llevar adelante la evangelización de la gente”, comenta.
El diálogo de esos dos mundos es permanente. El cacique del Cabildo Indigenal, Hilario Jiménez, refleja esa relación: “tantos padres jesuitas que han pasado, el Cabildo con la parroquia mantienen esa relación mutua. Siempre que se hace una actividad, nos juntamos a conversar”.
San Ignacio de Mojos tiene 337 años, desde que los jesuitas Antonio de Orellana y Juan de Espejo llegaron a esas tierras y fundaron la misión, aunque la reubicación del pueblo data de 1749, y la construcción de la iglesia en 1752.
Está ubicado al oeste de la ciudad de Trinidad, la capital del departamento de Beni (Bolivia), a poco más de 90 kilómetros, es una región de la Amazonía boliviana que hoy se constituye en el bosque tropical más grande del mundo y un factor fundamental para la estabilidad climática.
El reencuentro de Mojos y los jesuitas ha marcado un nuevo tiempo con nuevos desafíos, uno de ellos es mirar el futuro en torno a la Amazonía, pero no solo con retórica, sino con obras para que el mundo entienda la necesidad de una “ecología integral”.
Se trata de tener “el corazón puesto en la Amazonía”, dice Bernardo Mercado, SJ quien tiene la esperanza de que Dios obre para que más misioneros tengan el deseo profundo de ir a Mojos con la convicción de seguir acompañando los sueños de sus pobladores.
La visión es de acompañamiento y no de imposición, así como lo hicieron en el pasado, no llegaron directamente para predicar o evangelizar, sino “para convivir” con los indígenas. Hoy, esas visiones siguen conviviendo.
“Llegan y tratan de aprender su idioma, sus costumbres, solo conviven la cotidianidad, la vida (...) Después de 10 años empiezan a formar las reducciones, las misiones”, describe Fernando Hurtado quien ha realizado una recopilación de la música misional.
En 1767, los jesuitas fueron expulsados de América Latina, por tanto, de Bolivia. Había 55 misiones, unas 30 estaban entre Paraguay, Argentina y Brasil. Unas 25 en lo que hoy es Bolivia, de las cuales al menos 10 en la región de Chiquitos (dependiente de la provincia jesuítica del Paraguay) y una 15 en Mojos, éstas eran parte de la provincia peruana de la Compañía de Jesús.
Aunque no se destruyeron totalmente las misiones, para Fabio Garbari, SJ, “fue una etapa desastrosa por el mal gobierno del clero secular”, en el ámbito económico, organizativo, administrativo, moral, fue “muy negativo”.
Las misiones se despoblaron, esa etapa fue “bastante crítica y dolorosa” para el mundo mojeño. Los hombres salían a trabajar y se quedaban solo las mujeres. Las condiciones provocaron que los indígenas escapen y la idea de la “Loma Santa” tomó sentido.
La música y el arte fueron las herramientas para la evangelización. La música barroca y misional no es solo historia, es una huella tan profunda que el Museo de San Ignacio de Mojos custodia más de 7.063 partituras. La Escuela de Música es la herencia de la cultura viva.

La Parroquia

Tras la presencia de la orden franciscana durante la expulsión de los jesuitas, hubo un tiempo de restauración del Templo parroquial pues se había perdido la arquitectura barroca misional debido a que cambiaron los pilares, la entrada, retiraron el techo del atrio. Todo quedó en blanco.
San Ignacio de Mojos, actualmente, es un municipio con una población de 21.584 habitantes, según los datos del Censo 2024 del Instituto Nacional de Estadística. En el centro de la plaza principal se erige un monumento al Machetero que es el danzante de la danza religiosa tradicional de los macheteros.
En uno de los frentes se encuentra la parroquia que ha sido restaurada hace poco más de 20 años y que ha continuado renovándose. La fachada está pintada de colores vivos y motivos ornamentales que recuperan el estilo barroco mestizo, además tiene una fuerte influencia de la Amazonía tropical.
Está sostenida por 12 enormes columnas talladas, al lado derecho está una torre donde se encuentra el campanario.
La parroquia es más que una infraestructura y más que un servicio pastoral, “es una plataforma de acompañamiento a la identidad y a la cultura de los pueblos”, comenta María Eugenia Carrizo, misionera laica que vive hace 14 años en Mojos.
Caminan junto a 60 comunidades indígenas que pertenecen a cinco naciones originarias: mojeño ignaciano, mojeño trinitario, movima, yuracaré y tsimane. Su trabajo está orientado en la formación de liderazgos juveniles y de adultos en 45 comunidades del Territorio Indígena Multiétnico (TIM) y el Territorio Indígena Mojeño Ignaciano (TIMI) y el área urbana.
La parroquia y el museo que son administrados por los jesuitas es vida. Participan niños y niñas, catequistas, adolescentes y jóvenes que hacen de “animadores de la fe” que están en las comunidades y en el área urbana.
Hay un espacio de formación para fortalecer la espiritualidad, la cultura y la identidad; algunos de los jóvenes se capacitan como guías del Museo de San Ignacio que funciona en la casa parroquial.
Carrizo dice que la parroquia se ha convertido en un puente entre el mundo de los abuelos, que sostienen al Cabildo Indigenal para preservar la cultura, la religiosidad y la identidad, y los jóvenes, quienes ahora tienen una fuerte influencia de las tecnologías y los nuevos medios de comunicación.
Producto de esa influencia, los jóvenes cada vez más toman distancia de su cultura que para ellos no tiene el mismo valor que para los abuelos y buscan otros modelos culturales; a esto se suma el problema migratorio, dejan sus comunidades, incluso su mirada está fuera de San Ignacio de Mojos con todos los riesgos que representa.
El Cabildo Indigenal y el Museo

El Gran Cabildo Indigenal tiene 329 años, todavía despliega sus esfuerzos por mantener viva la cultura indígena especialmente desde la espiritualidad, a partir de mantener celebraciones concretas como la de la Mamita Candelaria, entre otras.
Este espacio recupera la riqueza cultural a través de la música y las danzas, fusionadas con la espiritualidad católica. El Gran Cabildo es -precisamente- el guardián de la cultura y la identidad que los tatas (abuelos) tratan de conservar.
El cacique Hilario Jiménez ahora es autoridad y destaca que estar en esta calidad es de responsabilidad, por eso los consejos de los tatas que ya pasaron por la silla del cacique son importantes, por ejemplo, cuando se organiza la Ichapequene Piesta, que es la fiesta mayor de Mojos y Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (UNESCO).
“El Cabildo es el guardián de todo, es el portador de este legado sapiencial que tiene el pueblo mojeño. Vemos el templo y el museo como otros legados materiales. El museo es un espacio donde todavía queda lo auténtico”, cuenta Juan Francisco Limaica, responsable del Museo de San Ignacio de Mojos. En el museo también se deposita -a modo de recuperación- material arqueológico, se tienen al menos unas 200 cajas de material que necesitan ser estudiados y catalogados, pero la deficiencia -dice Limaica- es la falta de un experto que haga este trabajo.
San Ignacio también tiene su Archivo Misional que empezó a funcionar hacia el público en 2005, es el repositorio para la conservación preventiva, para evitar la destrucción de una memoria que se sigue construyendo en el tiempo.
Mirando el futuro

¿Cuáles son las necesidades, los sueños y anhelos del pueblo mojeño? se le pregunta al padre Bernardo Mercado, SJ quien responde a las necesidades que enfrenta la sociedad. “Creo que (los indígenas) nos miran a nosotros sobre cuáles son nuestras necesidades, sueños y anhelos. Creo que ellos lo tienen claro, cosas que para nosotros son casi un desafío, por ejemplo, el cuidado de la casa común”.
Reflexiona que existe una permanente producción de pensamiento, textos, libros, pero que no necesariamente nacen de la vivencia de determinadas realidades, en cambio “ellos lo viven, reivindican la armonía cósmica. Ellos piensan en el bienestar de la sociedad y del mundo entero”. Víctor Noza es un joven indígena del Territorio Indígena Multiétnico, su mirada está puesta en la defensa del territorio, el cuidado del medio ambiente, la protección del agua, lo importante dice él es que “ahí está acompañando la parroquia, ahí está”.
El padre Mercado refuerza y dice que la amistad se fortalece “caminando juntos” con compromiso con el territorio, con la defensa de sus tierras, con la conservación de sus costumbres.
“Para ir a Mojos hay que tener vocación, (es) un llamado especial de Dios. (...) La Compañía de Jesús seguirá acompañando para seguir cultivando la amistad que “nos lleve a construir grandes cosas y sobre todo cosas que duren toda la vida”.
Créditos del reportaje: (ARTÍCULO ESCRITO) Nancy Vacaflor, periodista, directora de contenidos del Grupo Fides; (VIDEO DOCUMENTAL E IMÁGENES) Arnold Guachalla, periodista multimedia, coordinador multimedia del Grupo Fides